Por Lucila Carzoglio
Cristina Fernández obtuvo la mitad más dos en las últimas elecciones primarias y con ese porcentaje la continuidad de su mandato parece ser un hecho. Elegido el puesto número uno y sin muchas notas que agregar, la oposición pausó la cantinela, apagó el replay y decidió sintonizar sus spots al compás de unos acordes discordantes.
Después del 14 de agosto, con una candidata a la reelección que marca el ritmo y un vice que se codea con el mundo del rock, los partidos sacaron el diapasón, buscando dar con el tono y público indicados. Así, a los besos brillantina y miradas papel glacé, sumaron melodías populares y juveniles que les aseguren ser el segundo más votado dentro de los siete principales. Sin marchas convocantes abandonaron los boleros truculentos que hablaban de fraudes, engaños o crisis, y se inclinaron hacia cumbias risueñas y reversiones de temas conocidos. Es que, como advierte la canción de Ricardo Alfonsín hecha por la Champions Liga, “la gente está contenta, la violencia quedó en el ayer”.
Sin embargo, el “cambio radical” pregonado por la cumbia alfonsinista, más que reflejarse en las propuestas, sólo se hizo notar en las campañas, que pronto se transformaron en una guerra de canciones disponibles en la red. Mientras Binner apostó a su estribillo “es tiempo de pasar al frente” (que buenos resultados le trajo, por cierto) y Carrió optó por sonrisas silenciosas y una música incidental digna de llamada en espera (de espera de algunas bancas, claro); Rodríguez Saá, hablando de luces y sombras, contrarrestó su traje blanco impoluto con un montaje bricolaje: Compromiso Federal tuvo su tango, un folclore y hasta una cumbia de los Wachiturros.
Sin ton ni son, llegó a figurar tercero en las encuestas.
Entre tanto claroscuro, la orquesta siguió tocando “Alberto es una masa, te da una casa, pero parece ser que sólo en la Rosada la cosa pinta bien.
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