miércoles, 19 de octubre de 2011

Artilugios y estrategias en el fascinante arte de la elección

Por Elena Montilla

Este domingo, el cuarto oscuro se convertirá en escenario de una prometedora aventura. Incertidumbre, asombro y hasta alguna risa incrédula se desatarán dentro del aula aislada cuando el ciudadano votante –informado o no, convencido o indeciso– encuentre, frente a las boletas coloridas, el evidente artilugio partidario. Entre las extensas listas de nombres que acompañan la imagen de los respectivos candidatos a presidente, las fuerzas clasificadas después de las elecciones primarias intentarán incluir figuras que –según su criterio propio– conseguirán valerles la tan ansiada simpatía del electorado.

Evangelistas fervientes de la primera hora, amnésicos de la década del noventa y fanáticos creyentes en la vuelta a la cordura de ex funcionarios kirchneristas, encontrarán su oasis entre el caos ideológico. Apellidos familiares, como Fort, Ruckauf, Redrado y Camaño, acecharán vistosos entre otros aspirantes menos conocidos, en un intento de burda seducción. Desde sus respectivas boletas, y en diferentes formatos, apelarán con su fama a ese pequeño rincón del cholulismo que habita en cada votante, con el claro y entendible objetivo de sumar adhesiones.

En palabras de la Real Academia Española (RAE), la política podría definirse específicamente como el arte de emplear medios para alcanzar un fin determinado. La oposición en conjunto parece obedecer a un acuerdo previo en lo que a estrategias de campaña respecta, y la invasión de la no-política parece acelerarse cada vez con mayor velocidad.

Queda entonces en manos del elector la posibilidad de optar entre plataforma política y discurso mediático. Ambos alineados con el poder, desde espacios divergentes. Llega el momento de elegir en base a que cuestiones se decide. Si política real o pura representación.

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