
Por Julieta Redondo
Es curioso cómo, tras leer las plataformas electorales de los partidos que se presentarán en las elecciones del próximo domingo, todas resultan tan absurdamente idénticas. Y si es absurdo es porque nada es lo mismo que ninguna otra cosa. Nunca. Es confuso, entonces, para quien intenta informarse acerca de las distintas propuestas y decidir a quién dará su voto, porque se encuentra con que todos hablan de resolver los mismos problemas y a muy grandes rasgos. Mejorar la calidad educativa, la institucional y la salud, luchar contra la corrupción, el narcotráfico y la trata de personas, bajar la inflación, insertar a la Argentina en el mercado mundial: en fin, lo que todos queremos escuchar, aunque nadie es demasiado concreto acerca de cómo se propone lograr estas metas.
Por tanto, ¿cómo deciden los argentinos qué boleta meter en la urna? Sería utópico que el padrón electoral completo se tome la molestia de estudiar las posibilidades a fondo. La única “información” a la que accede la mayoría de los votantes es la que aparece en las campañas políticas, ya sean gráficas, de la vía pública, radiales, televisivas o a través de Internet. Esta última, al permitir dar con otros contenidos, puede ser la -dentro de todo- más completa.
En toda propaganda se ven rostros sonrientes, que prometen honestidad y compromiso, frases tan trilladas que ya no dicen nada y los nombres de siempre junto a los de personajes aún poco populares. Los sufragantes probablemente elijan a quien en su momento haya tomado alguna medida que les resulte favorable, o al que menos mal les haya hecho. Se remitirá a los hechos: ya hubo prueba y error y no estamos para hacer experimentos; hay mucho que perder. Y si la actual presidenta Cristina Fernández de Kirchner obtuvo más del 50% de los votos en las elecciones primarias -además de la ausencia de una figura opositora con chances de hacerle frente el domingo- no resta demasiado por decir. Los números hablaron por sí solos.
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